Sabemos que mártir es palabra griega (testimonio, prueba, demostración) sólo introducida en la Biblia por el apóstol Juan
(Ap 17,6) en cita dedicada a los santos mártires de Jesús,
la sangre de los cuales embriagó a la “meretriz”, encarnación
de los enemigos de Cristo y miembros cristianos.
Javier fue, por no usar la palabra mártir, cautivo de Cristo;
por el testimonio de su vida, que él ofreció a Cristo y no regateó
hasta coronar su oblación con la muerte plácida de quien sabe
dormirse acá en el Señor, para despertar a la vida eterna de Dios.
Lo declaran los que vivieron a su lado en los últimos catorce años
de vida terrena, y no pueden dudar en proponerlo como
modelo de joven creyente y atleta, acreditado en el amor
y el dolor de propios y ajenos.
Semblanza
de su juventud
Ignorando
los secretos y primeros signos de vida que pudieran haber presagiado
su futuro de consagración a Dios, nos ceñimos a
los inicios de su relación con la Comunidad de Lord. Sin
embargo, no cabe omitir del todo algunos hechos históricos
acaecidos en el período anterior.
El año 1992, es la fecha de su encuentro personal y
definitivo con la Comunidad del Santuario de la Virgen de Lord.
Su nombre y apellidos, Javier Sartorius Milans del Bosch, son
por sí solos harto relevantes para conocer su origen
y prosapia.
Más tarde, su encuentro, ya en Madrid, su ciudad natal,
con el Rvdo. P. Giovanni Salerno, misionero en el Perú,
a cuyas charlas asistieron, además de él, su prima
Isabel y el Príncipe Felipe (donde, según tengo
entendido, se conocieron ambos), introduce en su camino un principio
de inquietud religiosa importante.
Primeros
destellos de vocación
Hasta
tal punto debió de influir en él el problema de
la necesidad de ayudar a socorrer a las víctimas de la
pobreza y la desnutrición, que optó por acogerse
al ofrecimiento que el ilustre apóstol misionero hizo de
acoger gratuitamente, a quien quisiera acompañarle por
un año a compartir su vida de asistencia a los niños
pobres del Perú.
El contacto con el citado misionero despertó, en éste,
algo positivo en orden a sus cualidades personales, ya que le
propuso poco después se trasladase a Toledo a iniciar
los estudios eclesiásticos para regresar un día
a la misión del Perú como sacerdote misionero.
Allí, en Ajofrín (Toledo) conoció a un
compañero que había estado y conocido Lord. Javier
no dejaba de manifestar su simpatía, y tal vez admiración,
por la vida contemplativa (incluso solitaria), a pesar de ser
su carácter extrovertido. Ello movió a su compañero
a hablarle del yermo de Lord, y de cierto ermitaño benedictino
de Montserrat.
Cómo
vino a Lord
Un
día del mes de julio de 2002 llamaba Javier a la puerta
del milenario Santuario de la Virgen de Lord, en el prepirineo,
de la diócesis de Solsona, a 1.180 metros sobre el nivel
del mar. Día lluvioso y poco propicio para caminar el largo
recorrido de casi dos horas hacia lo soledad.
Era ya un peregrino de María, sin él saberlo.
Junto a la lumbre de la cocina, al abrigo de la lluvia y de
la humedad reinante, departía el “ermitaño”
con el pastor del contorno, hombre con pocos estudios pero con
la sabiduría de Dios, de aquellos que gustan de la verdad
y abundan en bondad e ingenua sensatez.
Tal fue el encuentro de Javier en su inocente y singular final
del vital devaneo de ruta, bajo el impulso de un viento suave,
casi imperceptible, soplando de las altas regiones. Era el día
primero del largo recorrido que le quedaba al ilustre e inesperado
huésped madrileño, de buen semblante, recién
llegado.
Su
semblante
El
talante de Javier era comprensible bajo el entronque de sus encontrados
apellidos. Contrapuesto en sus principios, impreciso en sus acciones,
mantenía la solidez y firmeza de su ideal de perfección.
Intransigente e intolerante con toda insolencia y arrogancia,
trataba de afirmarse.
Fiel a la religión y observante en sus
mandamientos, luchaba contra sí mismo a brazo partido,
y avanzaba sin decaer a pesar de sí mismo. Vivía
su vida. Era piadoso y asimilaba la liturgia sólida y teológica.
Penetraba en el misterio de Dios y consolidaba las virtudes básicas,
sobretodo la caridad.
Insensiblemente, había ido cediendo ante
el influjo de Jesús. La figura del Maestro le iba precediendo
por doquier. La cruz le perseguía sin poderlo él
evitar. Todo hacía pensar que su norte, su ideal supremo
y modelo de vida, iba a ser, indudablemente y hasta el fin, la
vida de Jesús.
Un
paso vital
Así
lo sentía profundamente, y lo veía realizable en
la vida solitaria, de espaldas al mundo y al modo de vida activa
que en él se vive. No le parecía necesario a él
el sacerdocio ni el ministerio sacerdotal y ministerial para identificarse
con Cristo, salvador del mundo por la cruz.
Se abrazó a la cruz. Pasaba frío
en la celda. Se calentaba con pasos largos y con el ejercicio.
Aceptaba sus propias contradicciones y aguantaba las ajenas, siendo
lo suyo intransigente. Se iba formando con el estudio: ¿No
sería mejor completar los estudios sacerdotales que iniciara
en Toledo?
Se trató de los estudios con el Obispo
de la diócesis. Falto de vocaciones y cerrado el Seminario
de Solsona, indicó el Prelado que convendría acudir
al Seminario interdiocesano instituido en Barcelona. Allí
se impartían las clases en catalán. También
a ello se sometió Javier, después de superar la
crisis de tener que ir al Seminario.
Hacia
el Gólgota
Profesores
y alumnos compañeros le acogieron con visible complacencia,
y pronto llegó a ser querido de todos. Progresó
en los estudios y en las lenguas. Incluido el catalán.
Obtuvo buenas calificaciones, como en Toledo. Querido por todos,
se acercaba el período de recibir órdenes sagradas.
El obispo vaciló.
¿Podría un obispo diocesano conferir
órdenes a un miembro de una institución diocesana
que quería hacer vida monástica y solitaria? Se
consultó personalmente a la Sagrada Congregación
de Religiosos. Su respuesta no dejó lugar a dudas. El Sr.
Obispo, tranquilizado, se alegró porque apreciaba a Javier.
Una dolencia gástrica que Javier contraería
inesperadamente comenzó a inquietar a todos, incluso a
los médicos. Se intensificaba de día en día
y llegó a alarmar a todos hasta el punto de recomendar
los máximos cuidados.
La
prueba del absurdo
La
Cruz, enseña San Pablo (1 Cor, 1, 18), para los “faltos
de fe”, para los que caminan a la perdición, es un
absurdo, un desatino, una sinrazón. Para nosotros, los
“salvados” del naufragio, es fuerza de Dios, poder
soberano del Creador, que sabe sacar de lo que no es, asombro
de potencia y eficacia.
Con la Cruz apareció Javier robustecido
y revestido de poder no humano, radiante de alegría y atractivo,
a los ojos de quienes compartían su amistad, los prójimos
y cercanos a Jesús. Javier se detenía ante el pobre
y mísero y les tendía la mano. Propenso primero
a retener, se consumía en ofrecer y darse a todos.
El “absurdo” de la Cruz le perseguía
como su sombra con una dolencia embarazosa y fastidiosa en grado
sumo. Se desvivió acogiéndose a tratamientos terapéuticos
sin mitigación, son solo el fin de seguir de cerca de Cristo,
al que adoraba en su corazón y quería imitar hasta
la misma muerte en la cruz.
La
Cruz le sale al paso
La
generosidad humana en la entrega jamás es desoída
por el Creador con entrañas de Padre, y en casos especiales
ni siquiera deja de ser incluso atendida. Así ocurrió
con el derroche de paciencia en medio de su invariable y sorprendente
docilidad, vertido con rebosante alegría espiritual en
su recorrido final inevitable y fatal.
Javier sucumbió contra todo pronóstico,
como atleta consumado, propio de un campeón, que corona
el triunfo hasta el mismísimo fin, con aplauso y asombro
de sus admiradores. ¡Como tantas veces había logrado
en el cuadrilátero tenístico!, y cuando ahora parecía
iba a sonreírle larga carrera de victorias en pos de Cristo,
el Maestro amado.
Reposa ya en paz en el suelo bendito que la Providencia
quiso que primero “cultivara” como monje benedictino
y cisterciense, a cuya vida y enaltecimiento concurrió
con dedicación piadosa mientras sus fuerzas, todavía
pletóricas de salud, le acompañaron. En su dormición
sagrada recibe ahora el testimonio incesante de amor y devoción.
El suelo que él regó con sudores, embebe ahora,
las lágrimas de los amigos.